Andrea
Perú lleva más de una década viviendo en un estado de caos político que desafía toda lógica económica. Ocho presidentes desde 2016, seis de ellos destituidos mediante juicios políticos, un Congreso fragmentado y una ciudadanía agotada. Y sin embargo, la economía peruana sigue en pie. ¿Cómo es posible? ¿Y cuánto tiempo más podrá sostenerse?
¿Qué está pasando con nuestra economía y política ahora?
El Perú de hoy presenta una contradicción difícil de explicar. El presidente interino José María Balcázar, un exjuez de 83 años, lleva semanas intentando formar un gabinete sin generar mayor alarma pública. Los ministros entran y salen en cuestión de días. La clase política en Lima vive en una burbuja de escándalos permanentes.
Y aun así, fuera de esa burbuja, la vida continúa con relativa normalidad.
Los indicadores macroeconómicos más recientes así lo confirman:
- La economía creció más del 3% por segundo año consecutivo en 2025.
- Las exportaciones peruanas baten récords históricos.
- La inflación se mantiene entre las más bajas de América Latina.
- El riesgo país apenas ha subido de forma marginal.
- El sol peruano incluso se ha apreciado frente al dólar.
Esta es la llamada "normal anormalidad" del Perú: un país capaz de sostener una estabilidad macroeconómica envidiable pese a uno de los sistemas políticos más disfuncionales del mundo.
¿Por qué la economía peruana sigue creciendo pese a la inestabilidad política?
La respuesta es simple: instituciones técnicas sólidas que han funcionado de manera independiente del poder político de turno.
El Banco Central de Reserva, conducido durante dos décadas por Julio Velarde, ha sido el ancla de esa estabilidad. Velarde ha servido bajo 10 presidentes distintos y ha sido ratificado en el cargo tres veces, convirtiéndose en el símbolo de la continuidad técnica en medio del caos institucional.
A ello se suma un modelo económico basado en reglas fiscales claras, apertura comercial y un sector exportador robusto, especialmente en minería, que genera ingresos independientemente de quién ocupe el sillón presidencial.
Sin embargo, esta resiliencia tiene límites claros. Como advirtió recientemente el economista de Barclays, Alejandro Arreaza: preservar las fortalezas macroeconómicas del Perú probablemente exige acciones decisivas de las nuevas autoridades, y aún no está claro si tendrán la voluntad o la capacidad política para tomarlas.
¿Cómo afecta la crisis política peruana al tipo de cambio?
Hasta ahora, el impacto sobre el tipo de cambio ha sido sorprendentemente moderado. Los mercados financieros internacionales han mantenido la calma frente al incesante ruido político: los credit default swaps se ubican muy por debajo de su promedio de cinco años y el sol peruano ha mostrado solidez frente al dólar.
No obstante, la historia reciente ofrece una advertencia contundente. Cuando Pedro Castillo ganó las elecciones en 2021, el miedo a nacionalizaciones desencadenó una fuga de capitales superior a los 17,000 millones de dólares, la mayor en la historia del país. El tipo de cambio se disparó y la actividad económica casi se paralizó.
La lección es clara: la fortaleza macroeconómica no es un escudo permanente. Un giro político radical puede sacudir el tipo de cambio, ahuyentar la inversión extranjera y golpear directamente el bolsillo de todos los peruanos.
¿Qué pasará con la economía de Perú después de las elecciones?
Las elecciones presidenciales de este 12 de abril difícilmente resolverá el fondo del problema. Con más de 30 candidatos, apatía generalizada y ningún aspirante cerca de obtener un mandato decisivo, todo apunta a una segunda vuelta el 7 de junio.
El próximo presidente heredará una lista de tareas pendientes de enorme complejidad:
- Combatir la corrupción y la inseguridad, las dos principales preocupaciones de los peruanos, lo que requiere reformar la policía, el poder judicial y enfrentar al crimen organizado.
- Cumplir metas fiscales frente a un Congreso fragmentado, proteccionista y propenso al gasto.
- Impulsar reformas tributarias, laborales y mineras sin las cuales el país difícilmente volverá a crecer entre 5% y 8% como lo hacía a inicios de siglo.
- Gestionar la geopolítica del puerto de Chancay, el mega puerto de propiedad china que se ha convertido en un punto neurálgico de las tensiones entre Washington y Pekín en Sudamérica, en un contexto donde China es, con amplio margen, el principal socio comercial del Perú.
Si dos candidatos favorables al sector privado llegan al balotaje, los mercados respirarán con alivio. Pero incluso en ese escenario, gobernar con un Congreso atomizado y enfocado en la autopreservación seguirá siendo una tarea titánica.
El escenario más preocupante sería la llegada al poder de un candidato de izquierda radical, una posibilidad que los mercados ya tienen en su radar tras el trauma del gobierno de Castillo.
¿Cómo ha mantenido Perú una inflación baja pese a la inestabilidad política?
La respuesta está en la autonomía e independencia del Banco Central de Reserva. El BCRP ha operado con una disciplina técnica que los vaivenes políticos no han logrado quebrar, aplicando una política monetaria consistente orientada a mantener la inflación dentro de su rango meta.
Esa autonomía institucional, junto a un tipo de cambio relativamente estable y una política fiscal con reglas claras, ha permitido que la inflación peruana sea una de las más bajas de la región, incluso en momentos de alta convulsión política.
El único sobresalto reciente ha llegado desde afuera: el shock en los precios del combustible provocado por el conflicto en Medio Oriente elevó con fuerza la inflación en marzo, recordando que la economía peruana tampoco es inmune a los choques externos.
La gran pregunta es qué ocurrirá cuando Julio Velarde deje el cargo, posiblemente en julio al cumplirse su mandato. Con casi 74 años, no está claro si buscará una nueva ratificación. Y en un contexto político tan frágil, su eventual salida genera por sí sola una inevitable sensación de incertidumbre en los mercados.
La resiliencia tiene un límite
El Perú ha construido, con esfuerzo tecnocrático, una economía lo suficientemente robusta para resistir niveles de disfunción política que habrían hundido a otros países. Las exportaciones crecen, la inflación se controla, el tipo de cambio se mantiene y el crédito soberano resiste.
Pero esa resiliencia no es infinita ni garantizada. Sin liderazgo político efectivo, sin reformas estructurales y sin instituciones fortalecidas, la corrosión eventualmente llegará a los cimientos. Y cuando eso ocurra, los mercados que hoy miran el caos peruano con indiferencia podrían comenzar a preocuparse de verdad.
Las elecciones presidenciales son, quizás, la última oportunidad cercana para cambiar el rumbo. El tiempo, como la paciencia de los mercados, no es ilimitado.